20.11.1998 – 10.02.2008 [un relato]

Corría el año de 1998. Siempre había querido ser monaguillo. En realidad no sé cómo ni cuándo comenzó este deseo, supongo que cuando en misa los veía con sotana y lo que hacían se veía interesante, además mi papá había sido monaguillo en su tiempo en Puntarenas. La cosa es que a mediados de año traté de entrar al cuerpo de monaguillos pero Pipo, el párroco, me dijo que estaba muy pequeño, ya había suficientes y las escuadras estaban llenas, mejor más adelante.

En noviembre lo volví a intentar y esta vez sí me aceptaron. El jueves 20 de noviembre fui a mi primera reunión, me presentaron y me asignaron a la escuadra de San Francisco, cuyo jefe era Pablo A. Pablo era el sacristán mayor y trabajaba en la iglesia de lunes a sábado.

El sábado 22 de noviembre en la tarde fui para que Pablo me entrenara, me dio sotana y me enseñó todo lo necesario para ayudar en misa, así como las partes de la iglesia y otras cosas importantes.

Con el tiempo fui haciendo amigos entre los monaguillos, pero especialmente con Pablo. En vacaciones solía ir a la iglesia a hacer nada en particular, sólo a pasar el rato, en esos ratos hablábamos y me enseñaba cosas. Lo acompañaba a hacer mandados, a traer las hostias, a pagar los folletos, a llevar la ropa a la casa de la señora que la lava, a cualquier lado que tuviera que ir. Especialmente en Semana Santa cuando yo iba desde el lunes a misa de 7am, todos los días. Por cierto a veces, cuando iba a misa en la mañana, me invitaba a desayunar a la casa… a veces aceptaba, otras me daba vergüenza. A veces, los lunes cuando salía (5.30pm) me invitaba a la Dos Pinos a comer un helado antes de la reunión. Durante Semana Santa, que bien puede ser la semana más ocupada del año en la iglesia, le  ayudaba a alistar las cosas para las misas, a hacer el monumento y otro montón de cosas y mientras tanto me iba enseñando cosas que quedaron grabadas en mi mente.

Pablo ayudó a inculcarme el amor por la lectura. Cierta vez llegué a la iglesia en la tarde y Pablo estaba en el parqueo leyendo. Cuando pregunté qué leía, me dijo:

 -El alquimista, de Paulo Coelho. 

Me resumió parte de la trama y me pareció tan interesante que tuve que ir a comprármelo. A mi ya me gustaba leer, pero desde entonces me apasiona la lectura. Cuando terminé de leer todos los libros de Coelho, siempre me recomendaba algún otro para leer. Cuauhtémoc Sánchez, García Márquez, Ruiz Zafón y tantos otros, todos los leí por recomendación suya. Con el tiempo, conforme crecía, mis ideas maduraban y leía más, podíamos discutir a mayor profundidad los libros. Recuerdo la vez que, para mi cumpleaños me regaló Cuentos del escondite secreto, de Anna Frank y, más recientemente, El diccionario del diablo.

Solíamos salir al cine y a comer, a veces en grupo con otros amigos (monaguillos), a veces solos. A veces con otro monaguillo, mayor y muy amigo de Pablo y la novia, como la vez que fuimos a ver El Exorcista: El Inicio y, como yo era menor de edad, me prestó la cédula por si me la pedían al entrar… cosa que no hicieron, por cierto.

Cierta vez fuimos a acampar a volcán Barva. El plan era ir tres días (dos noches) pero cuando llegamos había un problema con el agua, una vaca se había caído al pozo de donde la sacaban, así que no había. Esa noche hervimos agua de lluvia recogida del techo de la cabaña y bebimos almíbar de una lata de melocotones que el otro amigo había llevado. Sobra decir que tuvimos que acortar el viaje y volver al día siguiente, aunque sí fuimos a ver una de las lagunas.

A veces los domingos, después de misa de 11am íbamos a almorzar (usualmente a Taco Bell) y luego pasábamos a la POPS por un helado para luego terminar en la Librería Internacional, donde pasábamos largo rato viendo, leyendo y decidiendo qué comprar. Otra cosa que solíamos hacer era alquilar alguna película los viernes o sábados por la noche e ir a verla a mi casa, usualmente acompañados de otros amigos y pizza.

La semana del tercer domingo de Adviento (Gaudete) de 2000, me entrenó para ser sacristán. Desde las cuatro de la tarde del sábado, hasta después de la misa de 6pm, me enseñó todo lo que debía saber para preparar lo necesario para la misa. El domingo en la mañana me ayudó con lo que se me olvidaba, pero en la tarde lo tuve que hacer solo. El viernes, último día de mi semana, tuve que ir a la graduación de mi hermana (y Pablo a la de un hermano) así que me ayudó a conseguir alguien que hiciera ese día.

Solíamos ir a la Feria del Libro en FERCORI, donde pasábamos varias horas haciendo algo que hacíamos muy bien: ver libros. Dábamos varias vueltas, a veces visitando los mismos puestos varias veces decidiendo qué comprar para luego terminar en la sección de comidas con unas pupusas coliformescas [chiste privado]. Sin embargo, desde hace un par de años (que cerraron FERCORI) no se hace la Feria en el edificio de la antigua aduana, así que no hemos vuelto a ir.

Con el tiempo la amistad fue creciendo, así como la confianza. Pablo estudiaba en la U. Católica, Psicología, quería ser amansalocos, como me dijo una vez. A pesar de que yo estaba aún bastante joven, él trataba de explicarme cosas de su carrera… y de la vida que, aunque no siempre las entendiera en el momento, todas me enseñaron algo valioso. Siempre creyó en mí y, aunque me aconsejó que no estudiara medicina (y luego entendí el porqué), siempre me apoyó. Incluso me regaló mi primer equipo de disección, que aproveché bastante en el laboratorio de anatomía.

Por lotería genética, Pablo, el tercero de nueve hermanos, heredó el Síndrome de Alport, una forma de nefritis hereditaria asociada al cromosoma X y a un defecto en un gen para el colágeno, que causa insuficiencia renal y problemas auditivos y oculares y que se desarrolla usualmente entre la adolescencia y los 40 años. Durante mucho tiempo (casi desde que lo conocí), Pablo tomaba varios medicamentos para prevenir problemas de retención de líquidos y regularmente tenía que ir al hospital a realizarse exámenes de sangre. Eventualmente, si la enfermedad seguía avanzando, tendría que ir a hemodiálisis, cuando sus riñones ya no pudieran cumplir su función y una máquina tuviera que hacerlo por ellos. Para esto necesitaba una fístula arterio-venosa, que le hicieron en la muñeca izquierda en el mes de diciembre de 2004. Mientras se recuperaba, yo trabajé por él en la iglesia durante ese mes.

El tiempo continuó su paso, la vida siguió su camino. Después de Semana Santa de 2006 recibió una llamada del hospital. Tenía que ir a diálisis y entonces muchas cosas cambiaron. Tenía que llevar una dieta estricta baja en sodio, potasio y líquidos. ¡Sólo podía tomar cuatro vasos de agua al día! Además tenía que tomar mayor cantidad de medicamentos. Nuestras salidas a comer quedaron prácticamente reducidas a la nada, aunque seguimos saliendo a comprar libros y cosas así.

La diálisis era muy dura. Varias horas sentado al lado de una máquina que le limpiaba la sangre como lo haría un riñón sano. El tratamiento lo dejaba agotado y desgastado. Con el tiempo bajó bastante de peso y fue debilitándose poco a poco, sin embargo, a pesar de todo, no se quejaba.

Algunas personas viven años asistiendo a diálisis, este no fue el caso de Pablo. Tan sólo unos 5 meses después de haber iniciado el tratamiento, un ordinario día de mediados de setiembre fui yo a la iglesia en la mañana a pasar el rato, como de costumbre. A medio día, cuando Pablo salió a almorzar, lo acompañé a su casa (yo andaba en bicicleta) y luego me fui a la mía. Al rato me mandó un mensaje con la noticia. Había recibido una llamada del hospital, había un donante. Algún pobre individuo había caído de varios pisos de altura, muriendo instantáneamente, y su familia había decidido donar sus órganos.

Pablo pasó toda la tarde y parte de la noche en el hospital esperando la decisión de los médicos, esperando los resultados de las pruebas de compatibilidad y esas cosas. En la noche aún no habían tomado una decisión y lo mandaron para la casa. Al día siguiente me mandó un mensaje de texto. Sí lo iban a operar. Fue el último mensaje que recibí de él en varios días.

El día siguiente a la cirugía, lo fui a visitar y, adolorido como estaba, hablamos un rato. Estaba en un cuarto con sólo dos camas, en la otra estaba un señor mayor que había recibido el otro riñón pero que, lamentablemente, murió al poco tiempo.

Eventualmente a Pablo le dieron de alta y pasó varios meses en la casa ya que no podía trabajar recién operado. Por haber recibido un órgano ajeno, debía someterse a una terapia de inmunosupresión para prevenir y evitar el rechazo del órgano. Esto hace a los pacientes muy susceptibles a enfermarse con cualquier cosa, un simple resfrío puede desencadenar una pulmonía y poner en peligro su vida.

Entre setiembre de 2006 y setiembre de 2007 pasó mucho tiempo en el hospital y en la casa. Se enfermó muchas veces, una infección aquí, una pulmonía allá, y la mayoría de las veces terminaba internado en el hospital. Pasó tiempo en aislamiento y en cuidados intensivos una vez que tuvieron que drenarle líquido de los pulmones que no lo dejaba respirar y, sin embargo, nunca se quejó.

Cuando pasaba tiempo en el hospital, lo visitaba, a veces con alguno de sus hermanos, a veces sólo, y hablábamos durante largo rato. Hablábamos de muchas cosas. Él me contaba sobre lo que decían los doctores de su avance y yo le contaba sobre lo que pasaba en la iglesia. Hablábamos de algún artículo interesante que hubiera leído en alguna revista, de alguna noticia, de cosas tanto triviales como profundas, usualmente hasta mucho después de que terminara la hora de visita [a donde él estaba muy pocas veces llegaban a sacar a la gente].

Cuando mejoraba, volvía al trabajo y entonces las cosas volvían a la normalidad en cierta forma, sin embargo nunca pasaba mucho tiempo antes de que volviera a tener alguna complicación y terminara de nuevo en el hospital.

A finales de 2006, poco tiempo después de la operación, pasó navidad y año nuevo en su casa, con su familia. Al año siguiente no tuvo la misma suerte. En Navidad de 2007, acabado de salir una vez más del hospital, sí pasó en la casa, pero el 30 de diciembre tuvo que volver al hospital donde, como los doctores estaban de vacaciones, lo dejaron internado hasta el primero de enero. A mediados de enero, volvió a pasar tiempo internado pero le dieron de alta antes del 31, que cumple años uno de sus hermanos. Esa noche hablé con él largo rato antes de irme. A mediados de la semana siguiente volvió al hospital, se hablaba de que tendría que volver a hemodiálisis, el riñón no estaba funcionando como debía, el rechazo que siempre había sido una posibilidad, era ahora inminente. El lunes 11 de febrero iba a volver a diálisis.

El viernes 8 de febrero, cuando lo visité en la noche estaba muy mal, le costaba mucho trabajo respirar y tenía dolor en un pié (por un examen mal hecho). Se veía muy cansado y adolorido. A ratos estaba dormido y a ratos se despertaba. Hablamos un poco, en los momentos que estaba despierto. En un momento me dijo:

-Me avisa antes de irse.

-¿Seguro? ¿Y si está dormido?

-Sí, no importa.

Como lo veía muy cansado, al rato decidí dejarlo descansar y, cuando volvió a despertar, le dije que mejor me iba para que pudiera dormir. Faltaban unos 20 minutos para las once de la noche. Se despidió, le dije que siguiera mejor y, cuando iba saliendo, me volvió a ver y me dijo:

-Gracias.

Al día siguiente, el sábado 9 de febrero, fui con Pipo en la mañana al hospital, a que le llevara la comunión a Pablo. No pude hablar con él pero lo saludé por la ventana de la habitación.

En la noche me llamó una hermana de Pablo. Siguió teniendo problemas para respirar y lo habían intubado por lo que no se podía visitar. En la noche hablé con la mamá y me preguntó si quería ir a verlo, le dije que mejor no porque era muy tarde, pasadas las 11 de la noche. Le dije que iría al día siguiente.

Al día siguiente, el 10 de febrero, Pablo murió.

Estaba yo en la iglesia con dos de sus hermanos cuando, cerca de las 6 de la tarde, me llamó una hermana. A Pablo le había dado un infarto. Decidí en ese momento irnos al hospital pero no podíamos salir porque el parqueo estaba lleno y no podía sacar el carro así que tuvimos que esperar a que terminara la misa. A los pocos minutos me volvió a llamar, con 28 años, 10 meses y 6 días, Pablo había muerto.

Cuando llegamos al hospital nos quedamos con parte de la familia que ya estaba ahí. Luego, cuando preguntaron si quería ir a verlo, subí con el novio de una hermana. Cuando llegamos al cuarto piso, estaban los papás y una tía de Pablo. Cuando entré a verlo, ya le habían quitado los tubos y las vías.

Estuve unos minutos sólo con él y aún no acababa de creerlo. Se había ido. Hacía tan sólo dos días había estado hablando con él y ahora ya nunca lo volvería a ver, nunca podría volver a hablar con él, ya nunca estaría ahí para aconsejarme, para salir, para hablar. En ese momento me invadió un sentimiento de soledad tan profundo que no lograba comprenderlo o expresarlo. No tenía forma de explicar algo que nunca había sentido. Ya he sufrido antes la muerte de varios familiares muy queridos, sin embargo, la pérdida de un amigo tan cercano es tan diferente. Es algo mucho más trágico y desesperanzador, es perder a alguien a quien uno espera seguir viendo muchos años más, es perder parte de uno mismo y en ese momento no lograba entender la soledad y la tristeza que me dominaban.

A partir de ese momento me comenzó a parecer que las cosas pasaban a mi alrededor sin que yo pudiera hacer algo para detenerlas o afectarlas. El mundo simplemente se movía, a pesar mío, como si nada hubiera pasado. Yo caminaba como por inercia, iba adonde me decían, hacía lo que se suponía que hiciera, sin poder detenerme un momento a procesar todo lo que estaba pasando. Le dí la mano por última vez y aún estaba tibia. A pesar de que la vida se corta de un momento a otro, el calor humano tarda un poco más en abandonar el cuerpo ya inerte del antiguo usuario. Me despedí con una promesa y una esperanza, aún sin saber qué debía hacer, qué debía pensar.

Estuvimos en el hospital un rato más y luego nos fuimos, había mucho que hacer, prometía ser una noche bastante larga, aunque nunca es suficiente. La mamá de Pablo decidió que él sería enterrado con su sotana de monaguillo, que llevó con orgullo durante más de una década, así que fuimos a la iglesia a buscarla. La noticia ya no lo era, eso era bueno, algo menos que hacer. En la iglesia estaba uno de los hermanos de Pablo, notable y obviamente afectado, como todos los demás. Fui a buscar la sotana y noté que el roquete que tenía no era el de Pablo, entonces recordé que lo tenía en la casa, habría que ir a buscarlo. Antes de irme, encontré un libro de Pablo, así que también me lo llevé. Al salir me llevaron de vuelta al hospital a recoger el carro porque había dejado ahí en un parqueo.

De regreso a la casa de la familia, había mucha gente. Varios carros en la calle y la acera frente a la casa estaba llena de gente que hablaba en grupos. Algunos eran conocidos, otros familiares que nunca había visto, algunos eran amigos que no veía desde hace años. Saludé a algunos y luego entré a la casa a dejar las cosas. Le expliqué a una de sus hermanas que había que buscar el roquete de Pablo, que seguro lo tenía en su cuarto en algún lugar, así que fuimos a buscarlo. Cuando llegamos, no pude entrar al cuarto [y de hecho pasé varios días sin poder entrar], así que me quedé bajo el marco de la puerta sugiriendo lugares para buscar. Al rato lo encontramos y cuando íbamos bajando las gradas alguien estaba hablando del funeral y me preguntaron que si podía ir al hospital a llevar la ropa y vestirlo. Estuve de acuerdo.

Volvimos al cuarto a buscar la ropa, el pantalón de un traje y una camisa de manga larga serían, junto a la sotana, la última vestimenta que usaría mi amigo. Cuando todo estuvo listo, antes de salir del cuarto la hermana que se encargó de la ropa, me dio su rosario, para que lo pusiera alrededor del cuello de su hermano y al salir tomó una bolita amarilla de esas para el estrés que era de Pablo y se la dejó. Llevé las cosas al carro. Un primo de Pablo, que es enfermero fue conmigo al hospital. Cuando llegamos, a eso de las diez de la noche, tuvimos que esperar afuera de la morgue a que llegara la forense que nos indicó que la entrada era por la parte de atrás, por el parqueo. Nos dijo que tocáramos el timbre y esperáramos.

Fuimos a dar la vuelta y al llegar el timbre no estaba en un lugar tan evidente pero cuando lo hallamos, lo hice sonar y al momento se abrió la puerta. Una gran puerta doble de metal, de color azul. Al otro lado, en una habitación pequeña, incómoda, que parecía recordar todos los momentos trágicos de que había sido testigo, nos esperaba la doctora que nos dijo que, aunque normalmente no dejaba a la gente sola ahí, tenía mucho que hacer así que no se iba a quedar. Cuando termináramos solo debíamos volver a tocar el timbre y ella vendría con los papeles para los trámites con la funeraria.

Entramos a la habitación, el lado derecho estaba ocupado por varias mesas de cadáveres, aunque todas vacías. Al otro lado, cerca de la puerta del fondo, un único lavatorio con un basurero muy lleno debajo parecía transmitir una clase de energía muy extraña y algo perturbadora. Al centro una única mesa, separada de las demás y de la pared por apenas el espacio suficiente para caminar alrededor. Sobre el frío acero de la mesa el cuerpo de mi amigo yace inmóvil, envuelto sólo con una sábana, cual mortaja esperando el sepulcro. La impresión sin embargo, es menor de lo que esperaba, bastante menor que las que aún estaban por llegar.

Coloco la ropa, envuelta en la bolsa del traje, sobre una de las mesas del lado. Antes de que se fuera la doctora, mi acompañante le pidió que nos regalara guantes para lo que teníamos que hacer. Ella contestó que normalmente no se daban guantes, además que no eran necesarios porque el cuerpo lo limpian bien luego de la autopsia, pero fue a traerlos de todas formas.

Una vez equipados con los guantes quirúrgicos, nos dispusimos a comenzar. Primero retiramos la sábana que cubría el cuerpo, exceptuando la cara (que decidimos dejar tapada hasta que fuese indispensable descubrirla). La cicatriz de la autopsia, toscamente cosida, llamaba la atención por lo evidente y grande que era. La otra cicatriz, la del transplante era ya mucho menos evidente, al igual que la del tubo de tórax de la toracostomía que le habían practicado el año anterior.

A escasas cuatro horas de la muerte, el rigor mortis aún no impedía el movimiento de las articulaciones, lo que hubiera dificultado muchísimo la labor de vestirlo. Comenzamos el trabajo: ropa interior, pantalón, medias. Llegado el momento de descubrir la cabeza noté la cosa más curiosa. Al detenerme un momento a estudiar el rostro de mi amigo, memorizando su semblante, llegué a notar un esbozo de sonrisa en sus labios. Su cara transmitía una sensación de paz, de descanso tan intensa que estoy seguro nunca olvidaré.

Lo vestimos con la camisa, oscura y elegante, con las faldas apropiadamente colocadas dentro del pantalón y los puños de la camisa bien abotonados. Luego llegó el momento de revestirlo por última vez con la sotana que tantas veces usó y el roquete de tela particularmente más gruesa que los demás (que me había inspirado a mi mismo hacía muchos años a mandar hacerme uno de tela más gruesa también). Esa sotana y roquete que tan apropiada y dignamente diferencian al monaguillo del feligrés en la misa serían la última vestimenta que llevarían sus restos mortales, con la que descansarían en el silencio de una tumba por muchos años.

Poner la sotana fue un poco más complicado de lo que uno pensaría. En ese momento llegó otro primo de Pablo, un médico, que nos ayudó en el proceso. Al final sólo quedaban unos pocos detalles. El rosario que me había dado la hermana y que debía colocarle al cuello y los anteojos, que le puse en la bolsa de la camisa. Cuando estuvo listo, llamaron a la doctora, que trajo el acta de defunción para que la firmara el primo médico.

Una vez que todo estuvo terminado notamos que le caería bien una rasurada para complementar la apariencia elegante que tenía. Los dos primos fueron a buscar una maquinilla de afeitar. En ese momento, que quedé sólo esperando el carro de la funeraria y a que volvieran los primos, decidí aprovechar para adelantar mi despedida, después de todo no volvería a tener una oportunidad tan privilegiada para poder decir adiós, de hecho nadie la tendría. Así que me despedí, terminando con la promesa y la esperanza de que algún día volveremos a vernos, cuando mi propio tiempo de partir llegue y este mundo pase.

Cuando volvieron los primos y llegaron de la funeraria, unas lágrimas ya se secaban en la manga de mi camisa. Entraron con un elegante féretro de madera oscura. Lo dispusieron al lado derecho del cuerpo y entre los cinco ayudamos a instalarlo adentro. Como de todas formas tendrían que volverlo a sacar en la propia funeraria, nos indicaron que no era necesario acomodar el cuerpo. Alguien dijo que no habíamos tenido oportunidad de rasurarlo y contestaron que ellos podían hacerlo más tarde. Les indiqué cómo solía usar el candado mi amigo para que lo hicieran bien, acto seguido cerraron la tapa del ataúd y salieron, indicando que todo estaría dispuesto para la vela alrededor de las 11.30 de esa noche.

Al volver a la casa, aún más llena de gente que antes, me reuní en uno de los grupos de gente que conversaba quedamente a esperar que llegara el momento de partir hacia la funeraria. Seguía sintiéndome ausente, distraído, solo.

Cuando llegamos a la funeraria del magisterio, por cierto en el camino tuve que ir detrás de uno de los otros carros porque no sabía adonde quedaba [Pablo me hubiera molestado por eso], había ya una cantidad considerable de gente que hacía fila frente al ataúd para ofrecer sus respetos al difunto (o satisfacer alguna mórbida curiosidad). Tengo particularmente presente la imagen de uno de sus hermanos, en negación, llorando inconsolablemente su pérdida, nuestra pérdida, mientras entre varios trataban de llevarlo a sentarse, contra su voluntad. Lo recuerdo de manera tan especial porque él estaba externando el dolor que yo no podía, haciendo lo que yo no lograba hacer. Apenas unas cuantas lágrimas salían de mis ojos cuando toqué el vidrio que ahora me separaba del rostro de mi amigo y cuando luego me fui a sentar.

Sentado en una esquina, totalmente abstraído en mis pensamientos, miré a mi alrededor en la habitación, unas treinta personas entre familia y amigos estaban ahí. Otras tantas estaban en la habitación de al lado y otras en el pasillo. Me detuve a mirar detenidamente, todos los que veía tenían un hombro solidario en el cual llorar. Los hermanos menores junto a sus padres, una hermana con el novio, otro hermano con una prima y una amiga, otro con una antigua novia, otro afuera con unos amigos y yo, afligido como estaba por la muerte de mi amigo, no tenía más hombro que el mío propio. En ese preciso momento a pesar de estar rodeado de tanta gente llegué a sentirme más solo que nunca antes, advertí la soledad que me causó su muerte de manera tan intensa que rompí a llorar. No pude, aunque traté, rezar el Rosario que comenzaron a rezar en otra parte de la habitación. Simplemente me quedé ahí sentado, concentrado en mi dolor.

No sé si pasaron unos pocos minutos o varias horas, el tiempo para mí era tan sólo una burla del destino, cada momento que pasaba se sentía más irreal que el anterior. Cuando la sala se vació un poco y el rezo hubo terminado decidí salir, quizá caminar un poco me ayudase en algo. Dí una vuelta por la sala contigua y me fui por el pasillo hacia fuera. Una vez ahí me quedé recostado a una baranda cerca de la calle. Al rato llegó un viejo amigo, el padre León y me habló de cómo hay que recordar los buenos momentos pasados y no sólo el dolor de la separación, entre otras cosas. Muy afligido como estaba, incapaz de hablar, sólo acerté a llorar en su hombro. Igual resultado obtuvieron cuando llegó uno de los hermanos y una hermana a hablarme.

En todo el tiempo que pasé en el velorio, venían a mi mente cosas que habría que hacer al día siguiente para el funeral. Tenía que ser un funeral digno de la gran persona que fue en vida. Digno de todo el servicio que prestó a la iglesia en más de trece años como monaguillo y sacristán mayor. Digno del gran hijo, hermano y amigo que fue. A cada momento recordaba algo más que agregaba a la lista que estaba haciendo en mi cabeza o se me ocurría alguien más a quien no sabía si le habían avisado y entonces tenía que ir a preguntar si alguien le había dicho a esa persona.

A pesar de que desde el almuerzo sólo comí unas galletas de soda de esas que ponen en las funerarias, no tenía hambre, y no comería más hasta el almuerzo del día siguiente.

Las horas pasaron, la gente se iba a dormir a sus casas. Pasé un rato hablando con una de las hermanas, la mayor, que me dio una bolita amarilla de esas para el estrés que era de Pablo. Más tarde fui a sentarme en una silla de madera que había cerca del parqueo. Luego volví a entrar y me senté en uno de los sillones en la sala principal, volví a asomarme al ataúd varias veces durante la noche y madrugada, hasta que al final me senté y alguien me insistió en que tratara de dormir un poco, en eso caí en cuenta de lo cansado que estaba (física, mental y moralmente) así que me acosté manteniendo la bolita amarilla en mi mano, cerré los ojos y me sumí en un inquieto sueño sin sueños.

Ignoro cuánto tiempo habrá pasado, pero cuando desperté ya había amanecido. Dormido, había dejado caer la bolita amarilla, que ahora tenía una de las hermanas de Pablo. Al despertarme volvió a mi que lo que podría haber sido una pesadilla era real y todos los sentimientos encontrados de la noche anterior regresaron a atormentarme. Sin embargo, ahora no tenía tiempo para ellos, tenía mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo.

Cerca de las seis de la mañana, del lunes 11 de febrero de 2008, me dispuse a irme, tendría que pasar primero a mi casa a bañarme, antes de ir a la iglesia. Conmigo se fueron otros cuatro o cinco que fui a dejar a la casa. Cuando llegué a la mía estaban mis papás, era temprano, todavía no salían para el trabajo.

Para comenzar me dispuse a hacer algo que tuve presente durante toda la noche anterior. Cierto día, en 2003, estando yo en décimo año, una vez me tocó ayudar una misa de novenario, entre semana. Durante el sermón, el padre que celebró leyó un pensamiento que me llegó tan profundamente que en ese momento decidí que quería que lo leyeran en mi funeral así que cuando terminó la misa se lo pedí al padre para copiarlo, cosa que hice en mi cuaderno de matemáticas. Desde ese momento siempre he tenido presente cuánto me había gustado ese pensamiento y durante la noche anterior decidí que lo llevaría para que lo leyeran en el funeral de Pablo. Primero tuve que comenzar por buscar dicho cuaderno que por dicha estaba adonde yo creí que estaba [cosa bastante rara en mi casa]. Luego lo copié e imprimí un par de copias para llevar a la iglesia más tarde. Se le atribuye a San Agustín y lo transcribo a continuación.

 
 Si me amas, no llores más
 
La muerte no es nada.
Sólo he pasado al otro lado.
Yo soy yo. Tú eres tú.
Lo que fuimos el uno para el otro,
aún lo somos.
Dame el nombre
que siempre me diste.
Háblame
como siempre me hablaste.
No cambies el tono
por uno triste o solemne.
Sigue riendo con aquello
que nos hacía reír juntos.
Reza, sonríe, piensa en mí.
Reza conmigo.
Que mi nombre
se pronuncie en casa
como siempre se pronunció,
sin ningún énfasis,
sin rastro de sombra.
La vida sigue significando
lo que significó.
Sigue siendo lo que eras.
El cordón de unión no se ha roto.
¿Por qué estaría yo
fuera de tus pensamientos
sólo porque estoy fuera de tu vida?
No estoy lejos,
sólo estoy del otro lado del camino.
Ya verás, todo está bien…
Redescubrirás mi corazón,
y en él redescubrirás
la ternura más pura.
Seca tus lágrimas
y, si me amas, no llores más.

                              -San Agustín

Cuando terminé, alisté la ropa que me iba a poner, una camisa negra de manga larga, una camiseta negra por debajo, pantalón negro, medias negras, una faja de cuero de mi papá, botas negras y corbata. Luego fui a bañarme y me alisté. Cuando llegué a la iglesia calculaba que todavía tenía un par de horas para organizarlo todo. Con ayuda del sacristán que asumió el trabajo de Pablo un tiempo después del transplante (después de un par que trabajaron temporalmente), comencé poniendo las banderas en las astas del parqueo. La tricolor de Costa Rica a la derecha, la dorado y blanco de la Iglesia a la izquierda. En eso, casi a las diez de la mañana nos avisan que está llegando el cuerpo, mucho antes de lo que tenía previsto ya que se decidió velarlo una hora en la iglesia antes del funeral a las once. El otro sacristán se va a tocar las campanas para recibir el cuerpo mientras yo termino de izar las banderas, aunque no hasta arriba. Cuando termino le pido a mi mamá, que acaba de llegar, que vaya a comprar cinta negra para poner lazos en las sotanas de los monaguillos y tela negra para poner en las banderas del altar que aún tenía que ir a poner. Mientras las ponemos, comienzan a llegar los monaguillos, actuales y antiguos por igual.

Se disponen los ornamentos negros para la misa. Pipo la va a celebrar, concelebrando junto a él el padre con el que hablé la noche anterior en la vela, el padre León y otro más. Cáliz con tres hostias y suficiente vino se alistan. Los libros también están listos.

Cuando llega mi mamá con los lazos, comienzo a repartirlos. Pensándolo bien y para evitar errores, me dispongo a colocar los lazos yo mismo a cada uno de los que están revestidos, en el roquete, del lado izquierdo, sobre el corazón. Luego trato de poner los de las banderas y aunque, después de varios intentos no quedan como yo quería, tengo que dejarlos como están porque se acerca la hora de comenzar.

Luego de darle una copia de las que había sacado en mi casa al padre León y pedirle que la leyera durante la misa, me sugiere organizar una guardia de honor para durante la celebración. Me parece una magnífica idea. En cuatro grupos de cuatro organizo cuatro turnos de guardia que se irán relevando. Primero, comenzarán cuatro de los antiguos monaguillos que no tienen sotana, luego cuatro con sotana, después otros cuatro con ropa particular y para terminar otros cuatro revestidos. Me incluyo en el segundo cuarteto (los primeros con sotana) y paso el resto del tiempo que queda mientras empieza la misa terminando de organizar al grupo.

La entrada será solemne, desde la puerta principal con todos los monaguillos revestidos. En primer lugar la cruz alta, luego los ciriales seguidos de todos los monaguillos con sotana formando parejas (al final me incluyo en el último momento), y por último los sacerdotes.

La iglesia está llena. La cantidad de gente con la que Pablo se relacionó durante toda su vida y todos sus años de trabajo en la iglesia y que asistieron a su funeral es extraordinaria. Nunca antes se había visto una asistencia tal a un funeral. “Ni al funeral del presidente llega tanta gente” se dijo más tarde. Durante la misa todo salió bien. Se dispuso que la ayudaran dos de los hermanos de Pablo. La guardia de honor resultó tan organizada como si se hubiera ensayado. Inclusive la música, que aunque no era el cuarteto de cuerdas que Pablo una vez me dijo que quería para su funeral, resultó muy bien. En un momento, antes de proceder a los actos finales del funeral, el padre León leyó, de forma emotiva, el pensamiento que le había dado.

Normalmente un funeral termina con cuatro monaguillos llevando la cruz alta, el incensario, la naveta y el agua bendita hacia el ataúd donde el sacerdote lo inciensa, lo asperja con agua bendita y luego la cruz y el agua acompañan al sacerdote y al cuerpo a la puerta de la iglesia para la oración y aspersión finales.

Sin embargo, este no iba a ser un funeral cualquiera. Con un poco de organización previa, y luego de que le pedí a quien la había llevado al principio que yo quería llevar la cruz alta al final, a lo que respondió sin problemas que sí, la procesión final fue digna de verse. Primero, como es costumbre, los cuatro llegamos al ataúd para la incensación y aspersión con agua bendita, luego para la procesión se unieron los ciriales detrás de la cruz, seguidos por todos los monaguillos revestidos, seguidos estos a su vez por todos los que no llevaban sotana, y cerrando la procesión los tres sacerdotes. Una vez en la puerta principal, el celebrante pronunció la oración final, aunque no pudo terminar la bendición por lo que uno de los concelebrantes (mi amigo) tomó el hisopo del acetre, asperjó con el agua y pronunció la bendición final y despedida.

Llegado ese momento, la tristeza que rodeaba el lugar se podía sentir en el aire. Sin pensarlo le dí la cruz alta a alguno de los demás monaguillos y ayudé a llevar el féretro a la carroza. Una vez ahí, frente a la parte trasera de la carroza fúnebre, todo el mundo lloraba. La situación siguió así por unos cuantos minutos hasta que la gente se comenzó a ir. Ahora había que guardar todo y salir hacia el cementerio.

Al Cementerio Obrero llegamos antes que el cuerpo, algo curioso porque salimos varios minutos después. Cuando por fin llegó el cuerpo, fui para ayudar a cargarlo hasta la tumba. Al llegar, le pidieron al padre León que hiciera una oración, cuando terminó, la mamá de Pablo quiso que se abriera el ataúd para ponerle un escapulario al cuerpo de su hijo, al levantar la tapa pude notar, de nuevo, el esbozo de sonrisa en la boca de mi amigo. Luego de un momento, cargamos la caja y la empujamos dentro de la tumba, donde le dimos el último adiós viendo al encargado poner los ladrillos que la cerraban.

 

Los días siguientes fueron casi irreales, todavía rehusándome a aceptar la realidad. Las misas del novenario, rosarios en la noche y una vez al mes de ahí en adelante, el 10 de cada mes. Durante varios días se habló de colocar un reconocimiento a sus años de servicio en la iglesia. Idea que se materializó en una placa que ahora descansa en una pared, al lado de la sacristía.

 

Durante mucho tiempo [y todavía ahora] no podía dejar de imaginar como serían las cosas si aún estuviera aquí. Siempre que algo sucede, imagino como habría sido su reacción, lo que me habría dicho cada vez que se me ocurre algo para contarle.

 

Pablo siempre fue para mí una persona con la que podía hablar de cualquier cosa. Podía confiar siempre en su discreción, en su amistad; siempre tenía un consejo útil para darme. Siempre me ayudó y me enseñó cosas nuevas. Ahora que se ha ido, no queda más que recordar los buenos momentos que pasamos. Me conocía como pocas personas me han llegado a conocer. Siempre sabía lo que yo pensaba o quería, aún sin decírselo. Algo así vale muchísimo, la amistad es de lo más importante que puede existir y perderla, puede llegar a ser lo más doloroso.

 

Y es con lágrimas de nostalgia en los ojos, y una bolita amarilla (de esas para el estrés) a la par del teclado, que termino de escribir esta pequeña reseña que decidí hacer en honor del maestro, mentor, confidente, hermano y amigo que se ha ido. Hasta que nos volvamos a ver en otra vida. Requiescat in pace.

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Abajo hay una pequeña colección de citas que, de una u otra forma, me parecieron apropiadas…

“Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo siempre será un hermano.”

                                                                                          -Anónimo
“Se levantó y salió de su celda.

Ante él, el pasillo oscuro y helado del segundo piso -el «pasillo de los padres»- le recordó dónde estaba: en la abadía, y ahora solo. La sonrisa cómplice del bibliotecario nunca volvería a iluminar aquel pasillo.”

“La puerta del bibliotecario, como la de cualquier otra celda del monasterio, no tenía cerradura. Nil entró, encendió la luz, se dejó caer en la silla donde, durante tantas horas felices, había dialogado con su amigo. Nada había cambiado. En las paredes, las estanterías donde se amontonaban libros con rótulos todavía frescos: las adquisiciones recientes, en espera de encontrar un lugar definitivo en una de las tres alas (de la biblioteca). Debajo, el mueble metálico donde Andrei clasificaba las fotocopias de manuscritos sobre las que trabajaba. El Apocalipsis copto tenía que estar en alguna parte allí dentro. ¿Debía empezar por ahí?

“Justo ante él, en el respaldo del sillón, reconoció la chaqueta y el pantalón de clergyman que llevaba Andrei en el momento de su muerte. Le enterrarían al día siguiente con su hábito monástico: nadie volvería a llevar nunca ese traje, ahora inútil para la investigación. Un velo de lágrimas enturbió la mirada de Nil.”

“Pues bien, aquel libro que su amigo había recibido justo antes de partir, la obra en que había puesto toda su ciencia y su amor, le pertenecía a él, a Nil. … Quería aquel libro para él solo. Por encima de la muerte, era como una mano tendida por aquel que nunca más publicaría nada, nunca más ocuparía su lugar en el sillón para escucharle, con la cabeza inclinada, con un brillo malicioso en la estrecha rendija de sus ojos.”

“Con la mente en otra parte, volvió maquinalmente las primeras páginas de la última obra publicada por su amigo. A cada instante medía el vacío creado por su desaparición: ya nadie estaría allí para escucharle, para guiarle… Entregado a sí mismo a la soledad del monasterio, una sensación desconocida le invadía: el miedo.”

                                                                - Michel Benoît;  El Apóstol número 13

“Yo que hasta el momento ignoraba, en el punto en que se hallaba, esta enfermedad. Siento que la vida es como un hilo que se corta de improviso, sin avisar.”

“Sé que el tiempo curará, aunque nada siga igual”

                                                                                      -Si amaneciera, Saratoga

“Life goes on even after the thrill of living in gone.”

                                                                           -Jack and Diane, John Mellencamp

“Duérmete. Duerme padre y descansa sin temor. Que al despertante ya no habrá dolor y todo irá bien, mi amor. Que al despertarte te arrullará el amor y todo irá bien, mi amor.”

                                                                             -Todo irá bien; Mägo de Oz

“No nos olvides, muy pronto nos volveremos a ver.”

                                                                             -Réquiem; Mägo de Oz

 ”Now it’s time
To say good night to you
Now it’s time
To bid you sweet adieu.

And maybe, drink a
cheers to yesterday
And maybe, you’ll drink
those tears away.

                                -Home Tonight; Aerosmith

 

 

Placa

Placa


4 comentarios to “20.11.1998 – 10.02.2008 [un relato]”

  1. No hay nada que agregar a esta entrada. Sólo voy a decir que me alegra que haya escrito sobre esto en la forma en que lo hizo. Quedó muy bien.

  2. De verdad que es muy bueno…….pero si tiene en que hombro desaogar y sacar……y usted lo sabe bien…

  3. tanta informacion,les dy un consejopongan de 1998 a 2008 y todos van a ver qe va a venir muxa gente

  4. [...] Juego del Ángel – Carlos Ruiz Zafón Hace tal vez un año, un amigo me recomendó leer La Sombra del Viento del escritor español Carlos Ruiz Zafón. Le hice caso y [...]

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